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LA UNAM ANTE LOS PROBLEMAS NACIONALES

Una de las muy variadas maneras de aproximarse a las actividades sustanciales desempeñadas por la UNAM en el vida nacional es observar la actuación de de sus rectores. Los jefes natos de la UNAM como genuinos líderes de sus comunidades reflejan en sus actividades y en su discurso las grandes tendencias del posicionamiento universitario.

La transición del mando del ex rector Juan Ramón de la Fuente al del doctor Narro Robles, en nuestra opinión fue demasiado larga, en momentos en que la vida política del país ha alcanzado, por momentos, una agilidad vertiginosa.

Al principio pareció como si esos dos personajes se hubieran dividido un poco las responsabilidades del espectro; mientras el doctor De la Fuente, tras ocho años de ejercer el poder de la Rectoría se hubiera acostumbrado y hasta un poco obnubilado y con el poder real que le dio el haber colocado a la plana mayor de los funcionarios universitarios en esta administración, en las actividades que todavía desempeñan, pareció hacerse medio pasito a un lado para atender aspectos relacionados con grupos de poder de la derecha, que desde su punto de vista son de utilidad práctica institucional.

Cuando apenas se iniciaba la separación real del poder, probablemente por consenso, el doctor Narro impulsó, como una vía para consolidarse acercamientos con la izquierda política nacional. Su voz crítica se elevó, con toda la autoridad que dimana de su investidura, al percibir un enorme descontento en el grupo social nacional, alertando sobre la creación de condiciones sociales propicias para un estallido social. Esto no solo alertó al poder central sino que lo alarmó; no sabían en el Gabinete Presidencial si el rector mismo simpatizaba con alguna idea revolucionaria y, por  si acaso, le hicieron llegar veladas advertencias de desagrado, especialmente cuando el Sindicato Mexicano de Electricistas nombró al doctor Narro como un árbitro en sus negociaciones con la Secretaría de Gobernación.

Curiosamente en ese momento se solucionaron las negociaciones de la propia UNAM sobre su déficit presupuestario. Entendemos que la primera responsabilidad de un líder de la comunidad universitaria es la supervivencia de su institución, pero tiene otras, tan o más importantes, las que dimanan de los valores que le dan vida, como intentar, con todos los recursos de que dispone, solucionar las problemáticas plateadas por la misma sociedad y dos de ellas son la inseguridad y la violencia.

Lo raro es que, al menos hasta este momento, la UNAM carezca de un Instituto de Investigaciones sobre Violencia Urbana, para estudiar casos como el de la reciente masacre de Ciudad Juárez. Al igual que carece de mecanismo que puedan estudiar cómo afecta la partidocracia el velado apoyo al crecimiento de la delincuencia organizada, como uno de los pilares en los que se apoya la misma. ¿Cómo influyen la élite política y la económica en el manejo de los multimillonarios recursos financieros de la delincuencia organizada y qué grado de participación poseen los poderes fácticos en ese “juego”.

Podríamos continuar citando las carencias de la UNAM en materia de organismos científicos de estudio para determinar cómo se puede ayudar a solucionar renglones tan prioritarios para el país como los mencionados, y algunos más que se nos quedaron en el tintero. Pero si un, por llamarlo de alguna manera, “romántico”, acercamiento al SME hizo palidecer de miedo al huésped de Palacio Cobián, imaginen los lectores cómo entrarían en pánico los inquilinos de Los Pinos, con cualquier intento de análisis por parte de algunos de los brillantes investigadores de la UNAM sobre tópicos de palpitante actualidad, vitales para el desarrollo nacional.

Gerardo Reyes Gómez

08 de febrero de 2010

 



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