Linea Directa


UNA VOZ DE ALTURA

 

 

A CUATRO MESES DE DISTANCIA

Por Alejandro Díaz Camacho (LD 15-04-19)

E-mail:  adiazcam@gmail.com

La esperanza y el sufragio de 30 millones de ciudadanos parecen haber caído por un tobogán ilusorio, vano, inocente y, finalmente, endeble. Según la crítica opositora, el gobierno de Andrés Manuel López Obrador (AMLO), durante cuatro meses, ha transitado a empujones, alardes e improvisaciones por una ruta que no conduce al cambio predicado y estrechan el cerco sobre la marcha de la cuarta transformación (4T). Sus programas y proyectos se tornan, incomprensibles, torpes, costosos o faltos de sustento conceptual y administrativo. Los planes contra la corrupción se predican corrosivos para la eficiencia burocrática y el buen gobierno. Los ahorros se aprecian insuficientes para financiar tanta promesa y ambiciosos programas sociales antes negados. Con la supresión de las guarderías infantiles se hizo un escándalo monumental sin atender a la canalización de mayores recursos a padres y madres que requieren esa ayuda. Similar despliegue de enojos y descontones se vertieron por el insidioso rumor que afirmaba la cancelación de los refugios para mujeres maltratadas.  

Tras cualquier decisión del presidente, las comunes alusiones al desastre han sido constantes, ardientes, machaconas, terminales. Críticos continuos, galardonados con premios y toda clase de reconocimientos, predican que o se conserva lo bueno, establecido en regímenes anteriores o sobrevendrá el desastre, la inestabilidad y la temida crisis. Afirman que el optimismo de AMLO, no basta para inculcar eficacia al aparato público donde detrás del escritorio permea la corrupción y la pormenorizada búsqueda de la justicia social y el bienestar se achica o, de plano, se ignora.  

Los perdones que predican tanto el Mesías como sus apóstoles, en lugar de acudir ante el Ministerio Público, siguen lanzándose con alarmante desparpajo y contra toda lógica de respeto jurídico al ser humano y a derechos establecidos. Concluyen en conferencias mañaneras confusas y dispersas, donde un tribunal de alzada sólo conduce a la polarización de la sociedad, sin aparente salida, al torrente del cambio solicitado por la mayoría.  

Luis Rubio, columnista del periódico Reforma, por ejemplo, hace constantes alusiones a los peligros contra la estabilidad que introduce el gobierno de AMLO. Según él, el punto de partida para el presidente es que todo lo que se hizo a partir de 1982 fue equivocado. Todo es corrupto, nada sirve y quienes lo condujeron son unos traidores. Los nombres varían, pero la tonada es la misma: el país estaba mejor cuando estaba peor. Un cartel fuera de un restaurante lo resume de manera impecable e implacable: “Estamos peor, pero estamos mejor porque antes estábamos bien, pero era mentira; no como ahora que estamos mal, pero es verdad.”

Rubio opina que esa premisa erra en dos frentes: primero, no reconoce que la crisis de 1982 fue producto de que se prolongó por demasiado tiempo la estrategia del desarrollo estabilizador, al punto de provocar una crisis de deuda que tomó décadas controlar. En segundo lugar, no acepta que la estrategia de desarrollo intima, casi soberana, dejó de ser posible porque no satisfacía las necesidades de una población cada vez más demandante, y porque el mundo cambió con las comunicaciones, la tecnología y la forma de producir y comerciar globalmente.

El gran plan del gobierno es fácil de discernir: concentrar el poder, echar para atrás todas las reformas -hasta lo posible- que se avanzaron a partir de 1982 y, con ello recrear el nirvana que existía en los setenta para que quizá el presidente se pueda reelegir. No es un plan complicado, aunque el manejo político con que se conduce lo aparente.

El objetivo es claro y avanza paso a paso. Las tácticas van modificándose, pero el proyecto medular es consecuente. Otros reconocen, no sin pelar dientes, que no se reelegirá. Pero la mayoría es incapaz de aceptar su talante democrático. Rubio es implacable en su predicción: Cuando se rompen los equilibrios fiscales [que no han sido rotos], políticos [algunos, los cruciales] y de la civilización [ninguno], las crisis no tardan en llegar.

Otros enjuiciamientos y condenas son de: Agustín Basave quien se ha especializado, según él, en lo que llama la deconstrucción de AMLO. Le ha dedicado bastante seso a la tarea. Y no ha caído lejos de aceptables precisiones, pero se ha engolosinado y, por tanto, yerra en el grueso de sus alegatos. Basave considera que los equilibrios federales le sobran a AMLO. Y lo peor, que tiene una secreta aspiración de fincar su maximato embarcándose en una justa épica que terminará en un mal épico. El foco de atención de Denise Dresser en sus cotidianas apariciones, es el manipuleo y ambiciones controladoras de la Suprema Corte que pretende AMLO. Silva Herzog condensa al presidente en sermones y chequera, es decir, púlpito y transferencias finiquitas que sin duda cuecen las visiones éticas y la atención preferente a los necesitados de ayuda urgente.

El presidente López Obrador no está dispuesto a reconocer que su estrategia está causando estos fenómenos y que, de seguir, no logrará sino sumir al país en una crisis de dimensiones inconmensurables. Así parece actuar, en lugar de resolver los problemas del país, está empeñado en destruir todo lo que ya funcionaba, cuando lo que el país requiere son acciones que resuelvan problemas recientes y ancestrales que no se han querido enfrentar por muchas décadas y para lo cual AMLO tiene una legitimidad única y el liderazgo necesarios para hacer lo que otros gobiernos no pudieron o no quisieron hacer: eliminar los obstáculos al desarrollo que se preservaron y que yacen en el corazón de las bajas tasas de crecimiento promedio que el país ha arrojado por demasiado tiempo.

La estrategia mediática de tildar de malo y corrupto a todo lo existente ya rindió frutos en la forma de un desempleo creciente, una economía que va de picada y total ausencia de inversión, lo cual no hace sino agudizar los dos primeros indicadores. Las señales que mandan los mercados financieros respecto a la confiabilidad de la deuda mexicana que se cotiza en esos ámbitos no son halagüeñas; más bien, anticipan riesgos que, de no ser atendidos de inmediato, provocarán justo lo que el presidente dice querer evitar.

El problema que enfrenta tiene que ver con estructuras políticas y sociales anquilosadas que favorecen lo que Luis de la Calle* llama la “economía de la extorsión,” donde autoridades, sindicatos, monopolios, burocracias y criminales extorsionan a los ciudadanos, empresarios, alumnos, propietarios, y comerciantes, impidiendo que crezcan las empresas y se desarrolle el país. Si el presidente de verdad quiere detonar el crecimiento y dar oportunidades a los mexicanos más desfavorecidos, su estrategia debería ser la de romper con esas prácticas impunes. A cuatro meses de distancia y en medio de tales y tantas condenas y fumarolas de catástrofes inminentes, se tendrá que ir hacia delante para trazar el horizonte adecuado. Retroceder es imposible y, predicar la tragedia por aquí y por allá, sólo es molesto e imperdonable.

 


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