LA RENUNCIA DE DON PANCHO LABASTIDA
Por  Gerardo Reyes Gómez.

Todavía le zumbaban un poco los oídos a don Pancho, el dolor de cabeza causado por el golpanazo del "debate"había sido intenso y, por momentos, demoledor; en solamente hora y media en el World Trade Center le habían hecho pedazos cuatro meses de titubeante, pero intensa campaña. No había de otra, si quería dar la batalla, debía renunciar.

El candidato priísta sabía que había perdido el debate, porque un hombre puede intentar engañar a los demás, pero no puede engañarse a sí mismo. Y entonces tomo la dura decisión: renunció a tratar de convencer, a pelear por las buenas, a utilizar como buen lobo, el disfraz de Caperucita, a fomentar la imagen del nuevo PRI y a conservar a algunos de sus más cercanos colaboradores.

Había pánico entre sus filas de campaña. Los más optimistas de sus seguidores estaban desmoralizados. Dos meses era muy poco tiempo para revertir tan claras como apabullantes tendencias del avance foxista en la opinión pública.

Don Pancho no había estado peleando solamente contra Fox y contra Cuauhtémoc Cárdenas; estaba luchando contra 70 años de tradición presidencialista autoritaria, contra montañas de corrupción generadas por el partido histórico dominante, se enfrentaba con la opinión generalizada de los mexicanos que, en su enorme mayoría, piensan que el PRI es el responsable final de que el país cuente ahora con más de 40 millones de mexicanos sumidos en la pobreza extrema y, también, de haber malbaratado el patrimonio de la nación. Entonces quedaban solamente dos opciones: el candidato panista debía sufrir un "accidente de Estado" como el de Manuel Cloutiher o el de Concceio, o renunciar al juego de las elecciones limpias. No había más de dos sopas.

Don Pancho se fajó los pantalones, de ninguna manera renunciaría a sus aspiraciones a Los Pinos porque, a estas alturas del proceso, a él le costaría la  vida y a su partido la derrota. Acudiría a negociar con las fuerzas duras del sistema, a repartirse los cotos de poder, a pactar con los jefes de la delincuencia organizada, con los capos del narcopoder y hasta con la madre del muerto si fuese necesario , para asegurar un triunfo que si bien no será limpio, si será, como el de Zedillo, políticamente reconocido.

El tiempo dirá a don Pancho si valió la pena su renuncia.