UN EMBAJADOR TRATADO COMO ESPÍA
Por Gerardo Reyes Gómez. (LD 14-10-00)


Si me permiten parodiar un refrán popular diría: de que la perra es brava, hasta los rabinos muerde. Esto viene a cuento porque uno de los efectos de la actual lucha electoral en EE. UU. es el próximo reemplazo de George J. Tenet, el actual director de la CIA.

Ya no existe duda de que la Agencia Central de Inteligencia está haciendo un pésimo trabajo en el Cercano Oriente y está dolosamente poniendo en muy serios predicamentos a la administración saliente de Bill Clinton. Y lo más peligroso del asunto estriba en que están deteriorando el prestigio y la capacidad de los líderes del Partido Demócrata para resolver asuntos de gran relevancia estratégica para los EE. UU., con las consiguientes consecuencias para la candidatura del señor Al Gore. Pero, obedeciendo la CIA a quien lo hace, no podría ser de otra manera. La CIA tiene su candidato en el señor Jorge Bush jr.

Para poner un ejemplo de las "bromas" que está jugando la CIA mencionaré el caso del embajador de EE. UU. en Israel, el doctor Martin S. Indyk quien, curiosamente, es de religión judía y nació en Londres Inglaterra el primero de julio de 1951. Luego fue educado en la Universidad Nacional de Australia y se doctoró en economía en la Universidad de Sydney. Posteriormente se nacionalizó estadounidense y logró ocupar el puesto de asistente especial del presidente director en jefe, para asuntos sud-asiáticos en el famoso Consejo Nacional de Seguridad. Asimismo descolló como miembro del Instituto de Estudios Estratégicos, antes de ser nombrado embajador.

El doctor Indyk pronunció, a mediados de septiembre pasado, un discurso en Tel Aviv, , en el cual se apegaba cien por ciento a al espíritu de construcción del proceso de paz de Clinton y, entre otras cosas, dijo que no había más que una sopa: o Israel permitía compartir su hegemonía en Jerusalén con las religiones cristiana y musulmana, o nunca terminaría el conflicto y el peligro de guerra en el Medio Oriente.

Ello bastó para que los furiosos fundamentalistas israelitas, presumiblemente ayudados por la CIA, escamotearan la computadora portátil al embajador, en cuya memoria se encontraban datos ultra secretos de la diplomacia estadounidense. La siguiente vez que el embajador se presentó en el edificio del Departamento de Estado en Washington ya estaba fichado y, para permitirle la entrada, le pusieron dos cancerberos de la FBI, a escoltarlo mientras se movilizaba por la instalaciones. En principio culparon el embajador de irresponsable y de poner en peligro la seguridad nacional de su país, justo en medio de una guerra diplomática de la cual depende enteramente el proceso de paz mundial.

(Continúa en la página 313)