GUERRA DE MÁRTIRES
Por Gerardo Reyes Gómez. (LD 10-10-00)

Después de más de cinco años y medio de estar mordiéndose las uñas como desesperado, esperando que transcurriera el tiempo para poderle partir toditita su santa... cara a Ernesto Zedillo, el perverso gnomo de Dublín hinchó su ronquito pecho para poder gritarle ¡traidor!

Pobre Carlos Salinas, que así lo castigó el destino: desterrado, perseguido (en lo personal como a sus familiares) escarnecido, lastimado y tratado como un apátrida, humillado hasta por las capas más austeras de la población y, con todo, no lograron doblegarlo. Él, incólume como la copia napoleónica de la columna de Trajano en la plaza Van Dome de París, permaneció erecto, acusado de mil y un pillerías de Estado, siendo que de ellas, en realidad, no cometió ni la mitad.

El hombrecito de corazón valiente, de alma un pocos sucia, de astuta sagacidad, pero amante de los suyos, sufría lo indecible cuando se vio obligado a vivir como apestado; millonario y todo, pero apestado. Porque si bien nunca le faltó cualquier cosa material que le hiciera más fácil y agradable la vida, en lo espiritual, permaneció aislado. Después de haber acumulado tanto poder, como para impunemente insultar a todos sus gobernados, con la afrentosa presencia, justo en el centro del poder, de José María Córdoba Montoya ahora, lo único que ampliamente reconoce, es haberse equivocado al nominar a su sucesor.

Pobre Carlos, obligado a apelar al juicio de la historia para declararse mártir. Impelido a obtener del generoso pueblo mexicano el olvido a sus pequeñas y grandes canalladas. Cuenta con el poder económico, pero él, mejor que nadie, sabe que el dinero no lo es todo; también ansía el poder y la gloria que dimana de su ejercicio.

En cambio Zedillo ya sintió el primer temblor de corvas. Sintió que le movieron el tapete, que se enfrenta a un implacable enemigo en una guerra declarada y sin cuartel. Él que, luego de actuar como el democratizador de México, se creía, por lo mismo, a salvo de cualquier contingencia. Ahora, sin amigos que se la jueguen con él a morir, el presidente ya olfateó los cercanos pasos de la pequeña bestiezuela sedienta de sangre, dispuesta a muchas cosas, menos al perdón.
Pronto Ernesto Zedillo Ponce de León cosechará lo que sembró, aunque todavía tiene la esperanza de que Fox sí respete sus acuerdos secretos y logre neutralizar a Salinas. Sin embargo, a Zedillo ello le crea una duda que lo aterroriza. Cuando, a menos de dos meses de poderse medir con su enemigo ya sin ninguna banda presidencial de por medio, Zedillo sabe que no las tiene todas consigo. ¿Habrá tenido Manuel Camacho una sensación semejante, cuando lo dejaron colgado de la brocha? Vaya usted a saber, caro lector, el asunto es que uno de estos dos pobres mártires tiene que perder o ¿quizá los dos?