vencerlo de no hacer declaraciones demasiado audaces como las que hizo durante su último viaje a EE. UU., cuando se aventó la puntada de solicitar a W. Clinton (W. C.) prácticamente la disolución de las fronteras entre nuestros dos países, idea que, dicha así de pronto, sacó de onda al mandatario estadounidense, haciendo que le entrara instantáneamente una fuerte carraspera. Si con eso trató de sorprenderlo, vaya que lo logró porque W. C. comenzó a tragar camote, hasta encontrar una respuesta que no hiriera la susceptibilidad del virtual presidente constitucional mexicano.

El señor de las botas había tocado un punto neurálgico de la seguridad nacional estadounidense porque, en ese país, la minoría étnica caracterizada por la identidad cultural que le proporciona el lenguaje, ha adquirido una muy relevante importancia y, quizá, fue a ellos que estaba dirigido el mensaje de la disolución de las fronteras, pero Clinton se puso el saco y, por supuesto, también las botas que le regaló su visitante y se llevó el susto de su vida, porque sigue siendo cierto que los estadounidenses aman a nuestro país y a sus recursos, pero solo lo aceptarían deshabitado. Y para decirlo claro: unas botas no hacen la diferencia.