LA DESPEDIDA
Por Gerardo Reyes Gómez. (LD 14-09-00)

Don Ernesto:

Créame, le soy sincero, he pensado mucho la conveniencia de darle a conocer o no, estas palabras. Sin embargo, me creo en la obligación de hacerlo a manera de despedida; solo dos o tres mil mexicanos con capacidad de reflexión y manejo de información, coincidirán conmigo para intentar el primer paso hacia el juicio de la historia; el resto de los casi cien millones son actores pasivos. Unos, envueltos en la telaraña de su (de usted) demagogia y otros, la enorme mayoría, víctimas de uno de los estilos de presidencialismo más nefastos que haya conocido la república.

Más, don Ernesto, no quisiera que la recriminación fuera la tónica para cultivar el género epistolar que su administración ha puesto tan de moda, en aquellos que somos sujetos de suicidio. No es mi intención destilar ni una gota de amargura. Antes bien, pensar en forma positiva que faltan tan solo dos meses y medio para la que consideramos su urgente partida.

Cuánto bien o cuánto mal ha hecho usted a México, don Ernesto, a su paso por la Presidencia, será materia todavía de miles, si no millones, de tecleadas  en cientos de tableros de computadora. Pero si de veras posee usted un ápice de honestidad e inteligencia, nos debe conceder el mismo derecho de ejercer, sin tapujos, esas mismas capacidades. Le ruego pensar, aunque sea por un instante, que no todos sus compatriotas somos imbéciles, a la altura de su capacidad discursiva.

Si para los líderes del nuevo gobierno que usted, don Ernesto, y sus aliados del Norte llevaron al poder, la historia le brindará un lugar dentro de los democratizadores del mundo, para las bases y los miembros más eminentes del partido que lo sentó a usted en Los Pinos, no pasará de ser un traidor. Así de contrastante será su papel en el tan cuestionado juego de la política, pero ese juicio es benigno, porque la cauda de corrupción que le deja al país en los últimos meses de su administración amenaza con desbordar los límites tradicionales para un jefe de Estado. Ahora sus familiares incómodos, como su hermano y su querido suegro, serán los perseguidos de un sistema que se torna cada día más cruel contra quienes prevaricaron, comerciaron y traficaron innoblemente con las ilegítimas influencias, como con la salud y las adicciones a sustancias psicotrópicas artificiales.

Don Ernesto, antes de escribir la última palabra de esta despedida, me siento en la obligación de decirle que México, a pesar de usted, y de dejarlo al borde de peligrosos estallamientos de violencia, finalmente se levantará, y continuará la persistente búsqueda de un destino más justo  y promisorio.