LOS GENERALES ESTÁN DE LUTO
Por Gerardo Reyes Gómez. (LD 06-09-00)


El general secretario por un brevísimo instante se sintió solo, escucho la voz del presidente brindándole el último reconocimiento de sexenio y, como un soldado de brega, se incorporó y asumió la posición de firmes. Ahí estaba él con el corazón dolido, participando en una ceremonia, falsa, fría y mentirosa; eso no era lo suyo. Pero ya eran otros tiempos: los de recoger las varas.

Apenas 72 horas antes el general Cervantes Aguirre se había visto obligado a dar las órdenes para que detuvieran a su querido compadre, el también general Humberto Quiroz Hermosillo y al otro amigo entrañable compañero de tantas situaciones, el general Arturo Acosta Chaparro Escapite. Ya no fue posible brindarles más protección; las instrucciones eran directas e impostergables; dos amigos, valientes soldados que, si habían cometido faltas y hasta delitos gravísimos, como torturar y ejecutar a docenas, si no cientos, de disidentes del sistema político, su primer error había sido cumplir las órdenes superiores, cualesquiera que éstas fueran. Y ahí estaba él, Cervantes, en la primera fila de los invitados del Congreso de la Unión, serio, adusto, mordiéndose uno y la mitad del otro.

El secretario de la Defensa sabía que lo estaban dejando fuera de la jugada. Que habían debilitado su liderazgo y por ende su posición de fuerza; ya no podría imponer libremente a su sucesor, como era costumbre en los cuerpos castrenses desde hacía varios sexenios. Para el grupo de los generales, el señor secretario, había dejado de ser el hombre fuerte del Ejército. Todo se debió a un error de cálculo. El presidente electo no llegó solo a Los Pinos, bajo cada manga tiene un as. Los servicios de inteligencia estadounidenses, CIA, DEA, FBI y, sobre todo la DIA (Defense Intelligence Agency) tienen en su poder los expedientes completos de todos los militares mexicanos involucrados en el narcotráfico, y utilizaron la información como un ariete para derrumbar la fortaleza de los altos mandos castrenses.

Cervantes Aguirre ya veía venir las cosas como se presentaron. No en balde él había utilizado su pasado diplomático, cuando ocupó el puesto de agregado militar en Washington, para escalar varios peldaños en la jerarquía. Las visitas de los altos jefes estadounidenses a México, incluyendo la del señor Perry, no habían sido casuales. Se preparaba la alternancia en el sistema político mexicano. Y también fue informado Cervantes de la poco concurrida junta que hace más de un año tuvo lugar en Washington, donde los principales participantes fueron: Madelaine Albrigth, Vicente Fox Quezada, y el secretario particular de Juan Pablo II. Después de eso, se montaría el escenario.

Y ahí estaba él, el general secretario, escuchando al presidente saliente,
al hombre que había entregado el poder ganado por los hombres de la Revolución. El ejército de verde olivo, que durante casi un siglo había estado al frente de las armas; ahora cedía su lugar al ejército negro, el de las sotanas. Una ley del péndulo, mucho más amplia, cruel y por el momento inexorable, comenzaría a regir el destino de los mexicanos. Atrás quedó lo que no supieron conservar. Los generales están de luto, son tiempos que unos llaman de justicia y democracia y otros de traición.  A Cervantes le permitirán dar el último Grito del sexenio y menear el badajo de la campana de Dolores. ¡Vaya premio!