Regresando al otro "accidente", el del submarino nuclear ruso, cuyo dramático desenlace no concluirá ni con la muerte de los más de ciento quince ocupantes, la explicación oficial fue la de un choque en las profundidades marinas con algún "objeto desconocido", mientras en el mar de Bárents, contiguo a Rusia, se realizaban maniobras navales, vigiladas muy de cerca por submarinos, satélites espaciales militares de EE. UU. y la OTAN.

¿Cuáles son las probabilidades, calculadas con la ayuda de una super computadora de la serie Craig de última generación, para que un submarino nuclear, equipado con sonares de alta tecnología, pueda entrar en colisión con un "objeto", no identificado y lo suficientemente grande como para, prácticamente, hundir a un submarino de 14,700 toneladas de desplazamiento, en medio de un océano y a cierta profundidad?

Que los expertos alimenten con esas variables la super computadora y llévense los lectores la sorpresa de su vida.

Pero en la guerra, como en al amor, se dice que todo se vale y ¿acaso el presidente ruso Vladimir Putin, el ex oficial de la KGB, aquella despiadada agencia de inteligencia de la antigua URSS, no acaba de perder casi toda su popularidad y, por ende, legitimidad para liderear a su pueblo, debido a una brutal falla en su proceso de toma de decisiones? ¿A cuál de las potencias hegemónicas mundiales le convendría un presidente ruso débil; un presidente que se ha atrevido a acercarse peligrosamente a buscar alianzas con la naciente China imperial?

Como podemos observar la guerra está plenamente vigente y mientras las víctimas la pierden, existen otros que las ganan.