DEL CONCORD  AL SUBMARINO RUSO
Por Gerardo Reyes Gómez.


Ahora, cuando las aguas están tranquilas en relación al "accidente" sufrido por el  avión supersónico francés Concord y el revuelo de otro grave "accidente", el del submarino ruso Kursk, sirve como una densa nube de humo para cubrir las evidencias de la lógica, conviene recordar algo que es fundamental: el mundo está en guerra, y en un planeta globalizado los eventos no están inconexos, sino al contrario, encuentran su lugar preciso en el rompecabezas geopolítico.

En lo que se refiere a la tragedia del Concord, ha sido muy cómodo para la administración aeronáutica del Reino Unido, retirar la certificación de aeronavegabilidad a los aparatos que desde hace veinticinco años venían operando en diversas rutas trasatlánticas. Ni las autoridades francesas ni inglesas estarán dispuestas a reconocer nunca que la caída del Concord, en las inmediaciones del aeropuerto Charles de Gaulle, pudo deberse a un sabotaje.

Antes bien, la comisión investigadora ofreció algunas explicaciones casi increíbles. La última versión hecha pública se refiere a que una pieza de metal (que nadie sabía que estaba haciendo ahí) encontrada en la pista de despegue del Concord, había cortado uno de los neumáticos del avión y que un pedazo de hule proyectado hacia una de las alas, había perforado la estructura y luego el propio tanque de combustible, provocando un derrame que instantáneamente se incendió, lo que originó que la aeronave se viniera a tierra.

Una explicación poco plausible, pero muy conveniente si se toma en cuenta lo siguiente: si otro accidente, u otro sabotaje, provocara la caída de un nuevo Concorde, entonces se derrumbaría todo el nuevo proyecto anglo-francés (con participación tecnológica multinacional) para fabricar el avión subsónico del futuro, el cual será capaz de transportar más de seiscientos cincuenta pasajeros. Este es, con mucho, el proyecto aéreo más importante de la Unión Europea, con un valor de varios miles de millones de dólares. Entonces, a nadie le conviene calentar una guerra fría con la Boeing, el gigante de la fabricación de aviones estadounidenses de Seattle Wash. Pero es indudable que los europeos tendrán que afinar y poner a punto sus sistemas de seguridad, si quieren continuar trabajando en el proyecto que constituye la mayor amenaza comercial para la industria aérea de los EE. UU. Ellos no se quedarán con las manos atadas y poseen la información que los mecanismos de inteligencia satelital del Pentágono les provee.

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