LA INGRATITUD PRESIDENCIAL
Por Gerardo Reyes Gómez.

Don Pancho Labastida últimamente no ha podido conciliar el sueño tranquilo y reparador. Puede intentar contar blancas ovejas cuando éstas saltan la valla que los cerca, pero el rumor del viento corriendo entre los pinos, le impide entregarse plácidamente en los brazos de Morfeo.
En política las coincidencias no existen y cuatro casos le golpean, como duro martinente, la memoria a don Pancho. Primero Fue Ricardo Monreal, quien creía haber prestado valiosos servicios al jefe del Ejecutivo desde la cámara baja del Congreso y se lanzó a buscar la precandidatura del PRI para la gubernatura de Zacatecas, pero ¡oh desilusión! se llevó la sorpresa de su vida, ni siquiera había sido considerado para esa posición. Monreal cometió el pecado de inconformarse y el PRI los descobijó hasta hacerlo renunciar a su partido. Finalmente se afilió al PRD y con sólo su popularidad y trabajo político logró llegar a la silla de su Estado natal.
Después fue Marco Antonio Bernal, quien luego de batirse en las trincheras de los altos y bajos de Chiapas creyó merecer la candidatura del PRI a la gubernatura de Tamaulipas. También se llevó un chasco de antología; Yarrington fue el ungido y a Bernal no le quedó sino disciplinarse.
Posteriormente vendría el caso de Rodolfo Becerríl Strafford, donde parece repetirse la historia. El senador Becerril, bajo los mejores augurios del poder central, registró su precandidatura para la gubernatura de Morelos, luego de habérsela jugado a morir con el presidente Zedillo en la cámara alta del Congreso, con el asunto del siempre cuestionado Fobaproa. El senador morelense creyó merecerse la gubernatura de su entidad y ¡sopas! que le dejan suelta la perra brava; aquel grupo que, comandado por el general Jorge Carrillo Olea causó estragos en la unidad partidista del PRI y, como es lógico suponer, la ganó su "juanete" incondicional.
La cuarta carta de la mano de la mala suerte fue el diputado con licencia y ex jefe de la bancada priísta, Arturo Núñez, quien después de librar cruentas batallas en las trincheras de San Lázaro creía ser el precandidato idóneo para dirigir el Poder Ejecutivo del edén tabasqueño. Y ¡vaya sorpresa! todos los sinsabores, vergüenzas, desfiguros y defensas de lo indefendible, no sirvieron de nada. Zedillo había decidido de antemano, en una negociación en lo obscurito de Los Pinos, entregarle el sureste a los caciques del narco, encabezados por Roberto Madrazo.
La mano de póker que hemos citado impide la tranquilidad de Francisco Labastida por que las presiones que realmente le preocupan vienen del que también se dice su amigo y ahora el gusanito de la duda ha comenzado a hacer estragos en el animo del sinaloense. ¿Qué tal si, en una negociación secreta, el presidente ya le prometió la silla de Los Pinos a Vicente Fox? Lo cierto es que Zedillo no tiene amigos, él se pliega a otros designios.